Martha Ketchum Mejía

Estudió danza clásica clásica y contemporánea en la Escuela Nacional de Danza del INBA y realizó estudios de posgrado en escuelas de ballet en estados Unidos.

Después de acompañar a su esposo en tareas diplomáticas del más alto nivel en las Naciones Unidas, regresó a México y radicó en Tepoztlán.

Además de su ejercicio artístico, Martha se enfocó en la enseñanza y en la promoción cultural, así formó y dirigió el Centro Tepoztlán par ala Danza, y en el 2002, junto con Martha Pimentel, creó el Ballet de Cámara de Morelos, participando en el desarrollo cultural del estado, a través de la organización de eventos artísticos.

“Hay que contar con una máxima ética en el ejercicio profesional para lograr el mayor beneficio para el mayor número de moreteases”. Por lo anterior fue un acierto el que llegara a ocupar la dirección del Instituto de Cultura de Morelos del 2006 al 2012.

Con bonhomía se puso al servicio de la nueva tierra que le recibió generosamente. La más importante virtud que supo impregnar a sus acciones fue la identificación con las necesidades de los pueblos indígenas y la importancia que en la satisfacción de las mismas tiene la cultura.

Martha transformó la Sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda, logró que el Teatro Ocampo tuviera verdaderamente ese rango, hizo del Cine Morelos una digna subsede de la Cinética Nacional, el convento de San Diego en la H:H: Cuautla se convirtió en un honroso Museo de la Independencia: Sitio de Cuautla. En Jantetelco convirtió elpequeño dormitorio de Maiano Matamoros en un verdadero relicario.

Siendo Morelos cena de la revolución agraria, logró que el cuartel de Emiliano Zapata en Tlaltizapán reconvirtiera en magnífico museo y apoyó la recuperación y revitalización de la Hacienda de CHinameca. Puso en marcha la Biblioteca Ambulante y el ejemplar programa cultura escrita “Mujer, escribir cambia tu vida”.

Su inesperada muerte conmovió a Cuernavaca y a los moreteases, porque en una tierra que se nutre con la llegada de muchos, supo reconocer la importancia de convertirse, con discreción y entrega, en uno más de los integrantes de la comunidad.

Ríos Szalay Adalberto y Efraín Ernesto Pacheco Cedillo, “Ecos y huellas en Cuauhnahuac”, Ed. Porrúa, 2014, pp. 35-36